19 de diciembre 2025

 19 de diciembre 2025

Aldo Alcón

Internacionalista y Politólogo 

Cuando todo falla, nadie responde

El estado de Morelos atraviesa uno de los momentos más complejos, delicados y vergonzosos de su historia reciente. La crisis que hoy se vive no es producto del azar ni de un solo factor; es consecuencia directa de la omisión, la falta de liderazgo y la incapacidad de quienes hoy ostentan el poder. La inseguridad se ha normalizado, la violencia se ha enquistado y la autoridad estatal parece haberse resignado a administrar el desastre en lugar de enfrentarlo.

Bajo el gobierno de Margarita González Saravia, la promesa de un cambio real se ha ido diluyendo con una rapidez alarmante. A más de un año de haber asumido la gubernatura, los resultados simplemente no están a la vista. No hay una estrategia clara, no hay golpes de timón y, lo más preocupante, no hay señales de que la titular del Ejecutivo estatal comprenda la dimensión del problema que enfrenta Morelos. Gobernar no es recorrer municipios ni encabezar eventos protocolarios; gobernar implica tomar decisiones difíciles y asumir costos políticos, algo que hasta ahora no se percibe.

La inseguridad sigue marcando la agenda cotidiana de las y los morelenses. Homicidios, extorsiones, robos y un clima permanente de miedo evidencian el fracaso de la política de seguridad. La gobernadora ha optado por una narrativa de continuidad, escudándose en discursos heredados y en la coordinación federal como si ello fuera suficiente.

El gabinete de Margarita González Saravia tampoco ha estado a la altura. Quienes lo integran deberían ser el soporte técnico y político del gobierno, pero se han convertido en figuras grises, ausentes y rebasadas. La política social carece de impacto real; la administración interna muestra desorden y falta de rumbo. La sensación es clara: no hay un equipo sólido, no hay coordinación y no hay responsabilidad política.

En lugar de poner orden, se toleró el conflicto; en lugar de asumir el control político del estado, se permitió que la ingobernabilidad avanzara. La gobernadora heredó problemas, sí, pero también heredó la obligación de resolverlos, no de prolongarlos.

La administración estatal parece más preocupada por cuidar formas y alianzas que por atender el fondo de la crisis. No se gobierna para agradar, se gobierna para resolver. Cada día que pasa sin decisiones firmes es un día que Morelos pierde. Cada omisión se traduce en víctimas, en negocios cerrados, en familias desplazadas por el miedo, esa es la dimensión real de la irresponsabilidad política.

La desconexión entre el gobierno y la ciudadanía es evidente. Mientras el discurso oficial habla de avances, la realidad en las calles los desmiente. La gente ya no cree, ya no espera y ya no confía. Y cuando la confianza se pierde, el tejido social se rompe. El gobierno de Margarita González Saravia corre el riesgo de pasar a la historia no por sus aciertos, sino por su incapacidad para reaccionar cuando Morelos más lo necesitaba.

Morelos no requiere explicaciones ni justificaciones; requiere autoridad, carácter y compromiso. La historia no absolverá a quienes, teniendo el poder para actuar, optaron por la comodidad de la inacción. Gobernar es asumir responsabilidad frente al hartazgo colectivo. Y hoy, ese hartazgo pesa sobre un estado que se desmorona lentamente ante la mirada pasiva de quienes juraron protegerlo. 



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