24 de noviembre 2025
24 de noviembre 2025
Gaby Flores
Lic. en Administración y Derecho, Mtra. en Gestión y Finanzas Públicas
A UN PASO DE LA DICTADURA
Y la cereza del pastel será la reforma electoral.
Las dictaduras no se imponen de golpe. Se cocinan lento, paso a paso, entre discursos que prometen justicia, reformas que juran fortalecer al pueblo y aplaudidores que gritan “¡es por el bien de todos!”. Y mientras tanto, la democracia se va desangrando sin que lo notemos.
La reciente aprobación de la reforma a la Ley de Amparo no es un simple cambio técnico. Es un golpe al corazón de las libertades ciudadanas. Limita las suspensiones, complica los recursos y deja en manos del poder lo que antes defendía la justicia. En otras palabras: el ciudadano pierde su escudo frente al abuso del Estado.
Pero este no es el primer paso. En los últimos años, el gobierno ha ido eliminando contrapesos con precisión quirúrgica. Primero, debilitó a los órganos autónomos:
desapareció el INAI, redujo la fuerza del INE y silenció a la CNDH. Después vino la elección “popular” de jueces y magistrados, que suena democrática, pero en realidad abre la puerta a la manipulación política de la justicia. ¿Y ahora? La siguiente jugada: la reforma electoral. La cereza del pastel.
Esa reforma, presentada como “modernizadora”, amenaza con poner al árbitro electoral bajo control del Ejecutivo, reducir la pluralidad en el Congreso y facilitar que un solo partido concentre el poder.
Edmundo Jacobo, exsecretario del INE, lo advirtió sin rodeos: estamos ante el riesgo de un autoritarismo con disfraz de democracia.
Y no es exageración. Venezuela también comenzó así: debilitando instituciones, reescribiendo leyes, y convenciendo a la gente de que todo era por su bien. El guion es idéntico, sólo cambia la ubicación geográfica.
Lo más alarmante es la normalización. Nos acostumbramos a escuchar que se cambia la Constitución como si fuera un reglamento escolar. Nos parece natural que se insulten a jueces, que se desprestigie a la prensa o que se eliminen organismos incómodos. Pero cuando todo eso se vuelve costumbre, la democracia deja de serlo. No se necesita un dictador con uniforme ni tanques en las calles. Basta con un gobierno que concentre el poder, silencie la crítica y modifique las reglas a su antojo.
México no está aún en dictadura, pero el trayecto está trazado.
Y la próxima reforma —la electoral— podría ser la que cierre el círculo.
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