31 de marzo 2026

 31 de marzo 2026

Michel Salazar

Defensora del río Cuautla y promotora de educación ambiental

Ser mujer en la defensa del río: cuerpo, territorio y voz

Son emotivas las caminatas en el río y los talleres llenos de risa, de aprendizaje y conocimiento; pero si supieran lo que hay detrás de lo que se ve. Hay cansancio, miedo, presión y un sinfín de cosas que nos consumen. Hoy estoy aquí, pero ha sido complicado. Que las redes, los comunicados y las fotos no les mientan.

Detrás de la persona que se cuelga la medalla o presume un logro que casi siempre es colectivo estamos quienes somos anónimas: las que nos desvelamos, las que cargamos cosas, las que tocamos puertas… incluso cuando muchas veces nos las cierran. Nos las cierran por ser jóvenes. Y también, muchas veces, por ser mujeres.

Empecé este camino en mis 20s, desde el trabajo comunitario y la defensa del río. Y en ese proceso he entendido algo con mucha claridad: la defensa del territorio también es la defensa de nuestros cuerpos. Desde una mirada ecofeminista, no es casualidad que los territorios sean explotados y que los cuerpos de las mujeres también lo sean. Ambos han sido vistos históricamente como espacios disponibles, apropiables, controlables. Nuestros cuerpos también son territorio. Y ese territorio ha sido vulnerado durante décadas.

En los temas ambientales, particularmente en la gestión del recurso hídrico, la mayoría de las personas que sostienen el trabajo cotidiano somos mujeres: quienes organizamos, gestionamos, educamos, damos seguimiento y mantenemos vivos los procesos comunitarios. Sin embargo, quienes toman decisiones importantes siguen siendo, en su mayoría, hombres. Esa contradicción no es coincidencia, es estructura.

A lo largo de este tiempo trabajando por el río, me han callado y me han minimizado.

He vivido injusticias que no son aisladas: se repiten, se heredan, se normalizan.

He notado algo que pesa, aunque muchas veces no se diga, todo aquello que a nosotras nos cuestionan, a los hombres ni siquiera se lo plantean.

Me han juzgado por verme joven, por usar falda, por mi maquillaje, han dudado de mis capacidades desde la apariencia.

Y eso no es menor. Porque incluso en esta supuesta posmodernidad donde “todo ha avanzado”, sigue existiendo la expectativa de que quien toma decisiones sea un hombre. O que una mujer necesite ir acompañada de un hombre para que su palabra tenga validez.

A ellos no les preguntan su cargo, no les cuestionan su profesión, no les piden comprobar su trayectoria, a mí sí, me preguntan de qué escuela soy, cuántos años tengo, qué estudié, cuál es mi grado. Y entonces respondo: soy defensora del río Cuautla y estoy por terminar un posgrado.

Pero a veces pareciera que no basta.

Como si tuviera que cargar mi título en la mano, o una cartulina explicando mi experiencia, para que mi voz tenga el mismo peso. Todo por ser joven. Todo por ser mujer.

En este camino en defensa del Medio Ambiente, también he sido parte de las estadísticas de acoso, he recibido comentarios de índole sexual. Me han dicho que si “usara ropa de mi edad sería más atractiva” y que eso ayudaría a que mis talleres tuvieran más impacto. Me han sexualizado por ser “maternal”, por ser “linda con los niños”. Han reducido mi trabajo a mi apariencia.

El año pasado recibí más de 200 llamadas de acoso, personas que me buscaban constantemente para “preguntar cómo estaba”, “dónde estaba” o para pedirme que diera talleres en lugares inapropiados. Hubo días en los que pensé que era mi culpa. Que tenía que cambiar.

Que tenía que dejar de ser yo para no ser violentada. Pero no, con el tiempo aprendí, que si te excluyen por tu forma de vestir, es violencia, si invaden tu espacio sin consentimiento, es violencia, si comentan tu cuerpo o tu imagen sin ningún vínculo contigo, también es violencia.

Si no te sientes cómoda y la otra persona lo sabe y continúa, también es violencia y nombrarlo es una forma de resistencia, porque, así como defendemos el río, también defendemos nuestra dignidad, nuestra voz y nuestros cuerpos.

Seguimos aquí. Sosteniendo, cuidando, resistiendo. Nombrando lo que incomoda. Porque defender el territorio también es defendernos a nosotras.

El 8 de marzo no es un día para sentir lástima por las mujeres; es un día para tener conciencia; para recordar que la lucha no ocurre solo una vez al año, ni se limita a una fecha simbólica. El respeto, la escucha y el reconocimiento no deben ser temporales ni condicionados. El 8 de marzo es una invitación a replantearnos el sistema patriarcal en el que seguimos estancados. A cuestionar las estructuras que nos atraviesan, que nos silencian y que intentan definir nuestro lugar. Y también es un recordatorio: no vamos a dejar de nombrarlo y no vamos a dejar de estar.

 



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