08 de marzo 2026

 08 de marzo 2026

Saray García Carreño

Abogada y Secretaria de Gestión Social de la RED Morelos

“El 8M también es por las que denunciamos, por las que sobrevivimos y por las que seguimos sanando.”

El 8 de marzo no es una fecha para celebrar flores ni felicitaciones. Es un día para recordar, denunciar y nombrar lo que muchas mujeres han vivido en silencio. Para algunas, el 8M es memoria por las que ya no están; para otras, es resistencia. También representa la supervivencia, la denuncia y el proceso de sanación.

Durante mucho tiempo se ha construido la idea de que la violencia contra las mujeres proviene de desconocidos o de personas ajenas a nuestro entorno. Sin embargo, la realidad demuestra algo mucho más incómodo: muchas veces los agresores no son extraños. Pueden ser amigos, compañeros de escuela o de trabajo, parejas, conocidos e incluso familiares. Personas que forman parte de círculos cercanos y en quienes, en algún momento, existió confianza.

Esa cercanía es precisamente lo que vuelve más difícil hablar. Cuando la agresión proviene de alguien conocido, el silencio suele imponerse por muchas razones: el miedo a no ser creída, el temor a las críticas, la presión social o familiar, o la idea de que denunciar podría “romper” un entorno que aparentemente funciona con normalidad. Muchas mujeres cargan con el peso de lo ocurrido en soledad porque sienten que al hablar serán cuestionadas más que escuchadas.

A esto se suma una cultura que durante años ha minimizado o relativizado las agresiones. Frases como “seguro fue un malentendido”, “no fue para tanto” o “¿por qué no dijiste nada antes?” han contribuido a que muchas víctimas duden de su propia experiencia. El resultado es un silencio que protege al agresor y deja a las víctimas lidiando con las consecuencias.

Romper ese silencio no es sencillo. Hablar implica enfrentarse a juicios, incomodidades y, en muchos casos, a un proceso institucional que puede ser largo y desgastante. Sin embargo, levantar la voz y denunciar también puede convertirse en un acto profundo de valentía. No se trata solo de señalar a una persona, sino de afirmar que lo ocurrido fue injusto y que la violencia no debe normalizarse.

Denunciar no siempre es un camino fácil, pero representa un paso importante para recuperar la voz y la dignidad. Cada denuncia abre la posibilidad de que los hechos sean investigados y de que la violencia deje de permanecer oculta. También envía un mensaje claro: ninguna persona tiene derecho a cruzar esos límites, sin importar el vínculo que exista.

Hablar y denunciar no significa buscar conflicto, significa buscar justicia. Significa reconocer que el silencio nunca ha sido una solución y que callar solo perpetúa las mismas dinámicas que permiten que la violencia continúe.

Por eso, en un contexto donde muchas agresiones siguen ocurriendo dentro de espacios cercanos, es importante recordar que no quedarse callada también es una forma de resistencia. Alzar la voz, buscar apoyo y, cuando sea posible, levantar una denuncia puede ser uno de los actos más valientes para romper ciclos de violencia y abrir camino a una realidad más justa.

 



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