05 de julio 2026

 05 de julio 2026

Luis Octavio Morales Lagunas

Lic. en Derecho por la UAEM y Secretario de Asuntos Electorales de Movimiento Ciudadano Morelos 

¿Y si sí?

Hubo algo profundamente mexicano en aquella pregunta que comenzó a inundar las redes sociales sin dueño, sin presupuesto y sin estrategas detrás: "¿Y si sí?" No era un eslogan; era casi una confesión. Durante años aprendimos a blindarnos contra la decepción. Antes de cada Mundial repetíamos el mismo ritual: bajar las expectativas, burlarnos de nuestra propia selección y convertir el pesimismo en una especie de inteligencia. Parecía más sensato anticipar el fracaso que correr el riesgo de ilusionarse.

Sin embargo, esta vez ocurrió algo distinto. Millones de personas decidieron concederse el beneficio de la duda. No porque tuvieran la certeza de que México sería campeón, sino porque descubrieron que también existe otra forma de mirar el futuro. La fuerza del "¿Y si sí?" nunca estuvo en el fútbol; estuvo en la decisión colectiva de abandonar, aunque fuera por un momento, el cómodo refugio del cinismo.

Y quizá esa sea una de las conversaciones más urgentes para Morelos.

Porque el problema de nuestro estado no se reduce a la inseguridad, la violencia o la fragilidad institucional. Hay algo más profundo: la resignación. Durante años hemos normalizado escuchar que aquí nada cambia, que todos los gobiernos terminan pareciéndose, que participar no sirve de nada y que cualquier intento de transformación está condenado al fracaso. Poco a poco, esa narrativa termina siendo más peligrosa que los propios problemas.

Las sociedades no se estancan únicamente por falta de recursos o de liderazgo; también se paralizan cuando dejan de creer que un desenlace distinto es posible. En ese momento dejan de exigir, de participar y de construir. Se acostumbran a administrar los problemas en lugar de resolverlos.

Por eso sería injusto afirmar que en Morelos todo permanece inmóvil. Mientras los reflectores suelen concentrarse en la violencia o en las crisis que atraviesan distintos municipios, existe otra realidad mucho menos visible: ciudadanos que recuperan espacios públicos, colectivos que generan oportunidades para niñas, niños y jóvenes, organizaciones civiles que acompañan a víctimas, universidades que impulsan proyectos comunitarios y liderazgos que entienden que la paz no se construye únicamente con patrullas, sino fortaleciendo el tejido social, recuperando la confianza y devolviendo a las personas la convicción de que vale la pena involucrarse.

Esos esfuerzos rara vez ocupan los titulares. No producen el impacto inmediato de una crisis, pero son los que empiezan a modificar la vida cotidiana. Toda transformación verdadera comienza mucho antes de convertirse en estadística; comienza cuando una comunidad decide dejar de resignarse.

Ahí está la verdadera enseñanza del "¿Y si sí?". No es una invitación al optimismo ingenuo ni a ignorar la realidad. La esperanza no consiste en cerrar los ojos frente a los problemas; consiste en negarse a aceptar que son inevitables. Porque una sociedad resignada deja de participar. En cambio, una sociedad que recupera la confianza en sí misma vuelve a organizarse, vuelve a exigir y vuelve a creer que el futuro todavía puede escribirse de otra manera.

Primero cambia el relato; después cambian las decisiones; finalmente cambia la realidad.

Ese fue el verdadero triunfo del "¿Y si sí?". No una victoria deportiva, sino una victoria cultural sobre el derrotismo.

Tal vez esa sea la pregunta que hoy necesita hacerse Morelos. No quién resolverá todos sus problemas, sino en qué momento dejamos de creer que era posible hacerlo.

Porque todo Movimiento comienza exactamente ahí: cuando una sociedad se atreve, otra vez, a preguntarse "¿y si sí?".



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