01 de junio de 2026

 01 de junio de 2026

Kiomy Medel 

Lic. en Comunicación por la UAGRO, Avtivista LGBTI+

La política de existir: orgullo, representación y resistencia

Cada primero de junio las calles, las redes sociales y los espacios públicos comienzan a llenarse de colores. Inicia el Mes del Orgullo LGBT+, una fecha que para algunas personas puede parecer una celebración más dentro del calendario, pero que para millones representa algo mucho más profundo: la reivindicación permanente de nuestro derecho a existir.

Porque antes de ser una fiesta, el orgullo fue una protesta. Antes de las banderas, los desfiles y las campañas institucionales, existieron personas que fueron perseguidas, encarceladas, despedidas, expulsadas de sus hogares o asesinadas simplemente por ser quienes eran. Conviene recordarlo porque, en ocasiones, la memoria es la primera víctima del éxito de nuestras propias luchas.

México ha avanzado. Sería injusto negarlo. Hoy contamos con un marco constitucional y legal mucho más amplio para la protección de los derechos de las personas LGBT+. El reconocimiento del matrimonio igualitario, las garantías contra la discriminación y los criterios emitidos por la Suprema Corte representan conquistas históricas que hace apenas unas décadas parecían inalcanzables.

Pero tampoco podemos caer en la complacencia. Los derechos conquistados en el papel no siempre se traducen en igualdad real en la vida cotidiana. La violencia, los discursos de odio, la exclusión laboral y la discriminación siguen presentes. Y junto a esos desafíos ha surgido otro fenómeno que merece ser señalado: la apropiación política de nuestras causas.

En los últimos años hemos visto cómo la diversidad sexual se ha convertido, para algunos actores, en una credencial de legitimidad o en una estrategia de posicionamiento. Personas que utilizan las luchas de la comunidad como escalera personal, que hablan en nombre de todas y todos sin representar necesariamente los intereses colectivos, y que confunden la representación con la autopromoción.

La visibilidad importa, pero la representación auténtica importa aún más.

No basta con ocupar espacios; es necesario honrar las causas que permitieron abrirlos. No basta con portar una bandera durante junio; hace falta defender los derechos de la comunidad durante los doce meses del año. No basta con hablar de inclusión; hay que construirla.

La diversidad sexual no es una moda, una tendencia electoral ni una herramienta de marketing político. Es la realidad cotidiana de millones de personas que siguen exigiendo algo tan sencillo y tan profundo como vivir con dignidad.

Por eso el orgullo sigue siendo necesario.

Porque todavía hay adolescentes que tienen miedo de hablar con sus familias sobre quiénes son. Porque el índice de crímenes de odio sigue siendo extremadamente alto. Porque todavía hay quienes consideran que nuestra existencia es un tema de debate y no una realidad humana.

Y porque cada generación tiene la responsabilidad de defender aquello que la anterior conquistó.

Junio debe servir para celebrar, sí. Pero también para reflexionar. Para recordar que nuestros derechos no nacieron de la buena voluntad del poder, sino de la resistencia organizada de quienes decidieron no esconderse más. Para entender que la diversidad no necesita justificación y que la igualdad no admite condiciones.

En tiempos donde algunos intentan apropiarse de nuestras luchas y otros buscan invisibilizarlas, la respuesta sigue siendo la misma que ha acompañado históricamente a nuestra comunidad: seguir existiendo.

Existir cuando incomoda.
Existir cuando intentan silenciarnos.
Existir cuando pretenden hablar por nosotros.

Porque nuestra sola presencia sigue siendo un acto de libertad.

Y porque el orgullo, al final, no es otra cosa que la decisión colectiva de vivir sin pedir permiso.

Junio es orgullo.

Pero también es memoria, dignidad y resistencia.



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