15 de julio de 2026

 15 de julio de 2026

Jason Jaime 

Internacionalista

México: entre la oportunidad histórica y el riesgo de la complacencia

Hoy vivimos un momento que, en términos económicos, podría calificarse como histórico. México aparece constantemente en los análisis internacionales como una de las economías con mayor potencial de crecimiento en los próximos años. Somos el país que se beneficia de la reconfiguración de las cadenas globales de suministro, el destino natural del nearshoring y un socio estratégico dentro del Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC).

La narrativa es alentadora: México tiene oportunidades, capacidad productiva y un futuro prometedor. Sin embargo, mientras los indicadores hablan del mañana, vale la pena detenernos a observar el presente.

Porque la pregunta sigue siendo inevitable: ¿dónde están esas oportunidades de las que tanto se habla?, ¿por qué no se reflejan aún con mayor claridad en la vida cotidiana de millones de mexicanos?, ¿qué tan sólido es realmente el camino que estamos recorriendo?

La revisión del T-MEC, prevista para este año, representa probablemente el acontecimiento económico más importante para nuestro país en la presente década. Más del 80% de nuestras exportaciones tienen como destino Estados Unidos, y sectores estratégicos como el automotriz, electrónico, aeroespacial y manufacturero dependen directamente de la estabilidad de este acuerdo. México llega a esta revisión con fortalezas evidentes. Nuestra ubicación geográfica nos brinda ventajas frente a Asia, contamos con una mano de obra competitiva, una amplia integración productiva con Norteamérica y un mercado exportador consolidado. A ello se suma el fenómeno del nearshoring, que ha colocado al país en el radar de empresas que buscan relocalizar sus operaciones para acercarse al mercado estadounidense.

Pero también existen riesgos que no deben minimizarse. Las presiones proteccionistas en Estados Unidos, las reglas de origen cada vez más estrictas para sectores estratégicos, las posibles controversias energéticas y tecnológicas, así como la elevada dependencia de nuestro principal socio comercial, nos recuerdan que el crecimiento económico nunca está garantizado.

Los organismos internacionales estiman que México crecerá entre 1.3% y 1.6% durante 2026, una mejora respecto al año anterior, pero todavía insuficiente para transformar estructuralmente las condiciones económicas del país. Al mismo tiempo, la inflación continúa resistiéndose a regresar al objetivo permanente del Banco de México, mientras que el peso sigue expuesto a factores externos como las decisiones monetarias de Estados Unidos, las tensiones comerciales y la incertidumbre derivada de la propia revisión del T-MEC.

A partir de estos elementos pueden visualizarse tres escenarios hacia el cierre del sexenio.

El primero es optimista. Una revisión favorable del tratado permitiría consolidar el flujo de inversión extranjera, potenciar el nearshoring, fortalecer las exportaciones y mantener una inflación relativamente controlada. En este contexto, México podría convertirse en el principal centro manufacturero de América Latina y alcanzar tasas de crecimiento cercanas al 3% anual.

El segundo es el escenario base, probablemente el más realista. La economía continuaría creciendo, aunque a un ritmo moderado, con inflación controlada pero persistente y una inversión extranjera que avanzaría por debajo de su verdadero potencial. Sería un escenario de estabilidad, aunque sin la transformación económica que muchos anticipaban.

Finalmente, existe un escenario pesimista. Una revisión complicada del T-MEC, una
desaceleración de Estados Unidos, tensiones geopolíticas o una mayor debilidad fiscal podrían traducirse en crecimiento inferior al 1%, depreciación del peso, tasas de interés elevadas y una menor generación de empleo formal.

Sin embargo, el verdadero desafío para México no parece encontrarse en el tratado comercial ni en el tipo de cambio. La variable que definirá el éxito o fracaso económico hacia 2030 será la sostenibilidad de las finanzas públicas.

Hoy la deuda pública mexicana se mantiene en niveles manejables, cercanos al 55% del PIB. No es una cifra alarmante por sí misma. El problema radica en la combinación de bajo crecimiento económico, tasas de interés elevadas y un gasto público cada vez más rígido debido a compromisos como pensiones, programas sociales y servicio de la deuda.

A ello se suma el que quizá sea el principal foco rojo de las finanzas nacionales: el déficit fiscal.

México ha operado durante los últimos años con déficits superiores a los que históricamente mantenía. Si esta tendencia continúa, la consecuencia será inevitable: más endeudamiento. Y con más endeudamiento llega un mayor costo financiero. Es una ecuación sencilla pero contundente. Más deuda significa más intereses; más intereses implican menos recursos para infraestructura, educación, salud e inversión productiva.

Este fenómeno rara vez genera titulares espectaculares, pero puede convertirse en uno de los mayores obstáculos para el crecimiento económico de largo plazo.

Por ello, la principal amenaza para México no parece ser una crisis financiera como la que vivimos en 1994. El riesgo más realista es otro: un largo periodo de crecimiento insuficiente. Un país que avanza, sí, pero demasiado lento para elevar significativamente la productividad, los ingresos y la competitividad nacional.

Mi escenario para el cierre de 2030 contempla una deuda pública cercana al 60% del PIB, un déficit fiscal todavía elevado, inflación moderada y un crecimiento económico que difícilmente superará el 2.5% anual. No sería una crisis, pero tampoco sería el aprovechamiento pleno de la oportunidad histórica que hoy tenemos frente a nosotros.

La paradoja mexicana es evidente. Nunca habíamos estado tan cerca de convertirnos en un actor económico estratégico para Norteamérica y, al mismo tiempo, nunca había sido tan importante tomar decisiones que fortalezcan la inversión, la certeza jurídica, la infraestructura, la productividad y la disciplina fiscal.

Porque el futuro económico de México no dependerá únicamente del T-MEC ni del nearshoring. Dependerá de nuestra capacidad para transformar una oportunidad extraordinaria en crecimiento sostenido.

Y esa es una tarea que no puede esperar hasta 2030.



SÍGUENOS EN NUESTRAS REDES SOCIALES