22 de julio de 2026

 22 de julio de 2026

Silvia Caballero 

Delegada de Jóvenes MC Guerrero

¿En qué momento empezamos a romantizar que una mujer renuncie a su libertad como si eso fuera una virtud?

El término tradwife, abreviatura de traditional wife, se ha popularizado en redes sociales para describir a mujeres que reivindican un estilo de vida basado en roles tradicionales de género. En TikTok e Instagram, probablemente muchas personas han visto este contenido sin siquiera saber cómo se llama: mujeres que muestran su vida en casa, cocinan, limpian, se dedican a la crianza y presentan una idea muy específica de lo que significa ser una “esposa tradicional”. El término se ha vuelto cada vez más visible en redes sociales y, con él, también una conversación que me parece importante tener.

Y quiero decir algo desde el principio: no creo que una mujer tenga que vivir de una manera específica para demostrar que es libre. Si una mujer quiere dedicarse a su hogar, a la crianza o construir una vida tradicional, está en todo su derecho de hacerlo. De hecho, creo que justamente de eso debería tratarse la libertad: de poder elegir.

Pero entonces me pregunto: ¿en qué momento empezamos a romantizar que una mujer renuncie a su libertad como si eso fuera una virtud?

Porque una cosa es elegir una vida tradicional y otra muy distinta es idealizar una época en la que muchas mujeres no tenían la posibilidad de elegir.

Y creo que aquí vale la pena recordar nuestra propia historia. En México, fue hasta el 17 de octubre de 1953 cuando se reconoció constitucionalmente el derecho de las mujeres a votar y ser votadas. Hace 73 años. Dos años después, el 3 de julio de 1955, las mujeres mexicanas votaron por primera vez en una elección federal. Hace 71 años.

Dicho así puede sonar como un dato histórico más. Pero no lo es. Hace 71 años, nuestras abuelas vivían en un país donde las mujeres apenas comenzaban a ejercer plenamente su ciudadanía política. Y esto no ocurrió porque un día alguien decidiera que ya era momento de concedernos ese derecho. Mujeres como Hermila Galindo y Elvia Carrillo Puerto, entre muchas otras, formaron parte de una lucha mucho más larga por el reconocimiento de los derechos políticos de las mujeres en México.

Pero también creo que el privilegio puede hacer que olvidemos lo que costó tener derechos.

Cuando nunca has tenido que pelear por algo, es muy fácil pensar que siempre estuvo ahí. Es muy fácil ver la libertad como una condición natural y no como una conquista. Y quizá por eso también es tan sencillo romantizar la falta de opciones cuando nunca has tenido que vivir las consecuencias de no tenerlas.

George Santayana escribió: “Quienes no pueden recordar el pasado están condenados a repetirlo”. Y creo que esa frase sigue teniendo una vigencia enorme cuando hablamos de las libertades de las mujeres. Porque olvidar lo que costó conquistar nuestros derechos también puede llevarnos a normalizar discursos que cuestionan su importancia.

No me preocupa que una mujer elija quedarse en casa. Me preocupa que empecemos a creer que quedarse en casa es más valioso que estudiar, trabajar, participar en política o construir una vida propia. Me preocupa que confundamos la libertad de elegir una vida tradicional con la idea de que una mujer debería renunciar a sus opciones para ser considerada una “buena mujer”.

Porque una mujer no es menos libre por elegir una vida tradicional. Pero tampoco deberíamos olvidar que poder elegir es muy distinto a no haber tenido nunca otra opción.

Y quizá por eso creo que ser tú y actuar desde tu libertad es el primer acto revolucionario que puedes realizar.

No porque todas tengamos que vivir igual. Sino porque ningún movimiento debería convencernos de renunciar a las libertades que tantas mujeres conquistaron antes que nosotras.



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