27 de abril 2026

 27 de abril 2026

Luis Octavio Morales Lagunas

Lic. en Derecho por la UAEM y Secretario de Asuntos Electorales de Movimiento Ciudadano Morelos 

UAEM: el punto donde se atoró todo

La discusión sobre la Universidad Autónoma del Estado de Morelos ya no está donde empezó. El origen es conocido, pero lo que domina ahora es un conflicto que no ha encontrado salida pese a semanas de mesas, ajustes y anuncios que no terminan de cerrar nada. La agenda se movió, y con ella la naturaleza del problema.

En los últimos días se ha instalado una dinámica de estancamiento con diálogo abierto. Las reuniones continúan, los planteamientos se afinan, aparecen rutas posibles, pero la distancia entre lo que la institución considera viable y lo que el movimiento acepta como suficiente sigue ahí, intacta. No es una ruptura, aunque tampoco un proceso que avance con claridad.

Esa tensión no se explica solo por la negociación en sí, sino por el contexto que la rodea. Morelos arrastra desde hace años una crisis de seguridad que ha erosionado la confianza en prácticamente cualquier autoridad. La universidad no está fuera de ese clima; lo resiente y, en este caso, lo concentra. Por eso las respuestas institucionales, aun cuando existen, se reciben con escepticismo. No es un problema de forma, es de credibilidad acumulada.

El movimiento estudiantil, por su parte, no se ha limitado a sostener un paro. Ha colocado en el centro una exigencia que rebasa lo inmediato: condiciones reales de seguridad y participación dentro de la universidad. Esa insistencia, que a momentos parece intransigente, también refleja algo más de fondo: la negativa a regresar a una normalidad que ya percibían como insuficiente antes de que el conflicto estallara.

En ese cruce es donde la negociación se vuelve más compleja. La universidad busca recuperar control sobre el ritmo institucional, reordenar el calendario, cerrar el episodio. El movimiento, en cambio, intenta asegurar que cualquier salida no sea solo operativa, sino también significativa. De ahí que los acuerdos parciales se queden cortos y que cada avance parezca provisional.

La discusión sobre el regreso a clases sintetiza bien el problema. Está presente en todas las conversaciones, pero no termina de resolverse porque depende de algo previo: la certeza de que lo que se acuerde va a cumplirse y que no se trata únicamente de reactivar actividades, sino de modificar condiciones que llevaron al conflicto.

Hasta ahora, las mesas han servido para evitar una ruptura mayor y para mantener abierto un canal que, en otro escenario, ya se habría cerrado. Eso no es menor. Pero tampoco equivale a una solución. El conflicto sigue en un punto donde nadie puede imponer una salida por sí solo y donde cualquier intento de acelerar el cierre corre el riesgo de dejar intacto el fondo del problema.

La universidad enfrenta así una presión doble. Por un lado, la necesidad de recuperar estabilidad. Por otro, la exigencia de que esa estabilidad no se construya sobre lo mismo que ya falló. Entre ambas, el margen de maniobra es más estrecho de lo que parece.

Y mientras ese margen no se amplíe con decisiones que generen confianza —no solo con mecanismos que administren el conflicto—, la UAEM va a seguir en este punto: dialogando, avanzando a medias, sin terminar de destrabar un conflicto que ya rebasó lo inmediato.



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